El próximo Jueves Santo la Coral Santa Cecilia cantará en público por primera vez la MIsa Breve a tres voces de Theodore Dubois. Buen momento para hacer algo de historia sobre las misas cantadas…
Si formas parte de un coro (y más si es polifónico), seguro que en algún momento te has topado con una misa cantada. Ya sea una de esas monumentales con orquesta o una más recogida, a tres voces y con órgano. Y es que las misas han sido, desde hace siglos, uno de los grandes pilares del repertorio coral. Además, no solo por su historia, que ya es larga de por sí, sino porque siguen vivas: se cantan en iglesias, conciertos, concursos… y entre ellas hay una que muchos coros adoran: la Misa breve a tres voces de Théodore Dubois. Pero bueno, vamos por partes.
Todo esto de las misas cantadas empieza en la Edad Media, cuando la liturgia cristiana ya estaba bien asentada y la música era cosa seria… aunque solo se cantaba en monodia, lo que hoy llamamos canto gregoriano. Nada de armonías todavía, solo una línea melódica que flotaba en el aire de las catedrales.
A partir del siglo IX empieza a complicarse la cosa. Primero con el organum (una nota al lado de otra, así, a lo simple), y luego con la polifonía. Ahí entra en juego la Escuela de Notre Dame, con tipos como Léonin y Pérotin, que ya empiezan a jugar con varias voces a la vez. Y claro, eso empieza a gustar.
Aquí ya estamos hablando de palabras mayores. Compositores como Palestrina, Victoria o Josquin des Prez crean auténticas joyas para la misa. Todo sigue siendo litúrgico, sí, pero suena tan bien que aún hoy nos deja con la boca abierta.
Por cierto, si no has escuchado la Missa Papae Marcelli de Palestrina, te estás perdiendo una de las misas más equilibradas y celestiales jamás compuestas. No exageramos.
Con el Barroco, la misa se convierte a veces en un pequeño espectáculo. En Italia, Alemania y Francia los compositores incorporan instrumentos, dramatismo y más emoción. Bach, sin ir más lejos, escribió una misa en si menor que es como el Everest de la música coral. No es para todos los públicos, pero qué obra.
Después, con Mozart y Haydn ya tenemos misas más claras y estructuradas, con orquesta y solistas. Algunas, como la Misa en do menor de Mozart, podrían pasar por óperas religiosas. Y, claro, eso hace que en muchas iglesias no se puedan montar con facilidad.
En el siglo XIX hay dos caminos paralelos. Por un lado, misas grandiosas que parecen pensadas para el escenario de un teatro (la Misa solemne de Beethoven, o el Réquiem de Verdi), y por otro, misas breves y más asequibles, pensadas para las parroquias, para ser cantadas en misa de verdad.
Y es aquí donde entra nuestro protagonista: Théodore Dubois.

¿Quién era Dubois? Un romántico con los pies en el suelo
Dubois fue un compositor francés del siglo XIX (vivió entre 1837 y 1924), bastante tradicional, pero con una sensibilidad muy cuidada. Fue organista, director del Conservatorio de París y, por cierto, también escribió un tratado de armonía que muchos estudiantes franceses han sufrido… digo, estudiado.
Aunque no fue un revolucionario como Debussy o Berlioz, supo encontrar un equilibrio entre la belleza musical y la practicidad litúrgica. Y eso se nota en sus obras religiosas. Entre ellas destaca una pequeña joya: la Messe brève à trois voix.
Si nunca la has cantado, ya estás tardando. Es una misa corta (unos 15 minutos como mucho), pensada para tres voces iguales (TTB, aunque también hay adaptaciones a SSA) y con acompañamiento opcional de órgano.
Dubois no se complica la vida con armonías imposibles ni fugas laberínticas. Lo que hace es escribir música bella, que fluye con naturalidad, y que da gusto cantar.
Vamos a ver sus partes, que tienen lo suyo:
Kyrie
Empieza con un tono sereno, casi íntimo. Las voces se imitan suavemente y el ambiente es recogido. No hay prisas, es una súplica, y se nota.
Gloria
Aquí cambia el chip: más ritmo, más energía, pero sin perder la claridad. Alterna pasajes más vivos con otros reposados, como quien respira entre frases largas. Muy eficaz y expresivo, pero su larga duración (en comparación con las otras partes) lo hace menos apropiado para misas modernas.
Sanctus
Vuelve a la solemnidad, con acordes llenos y frases que se elevan poco a poco. El Hosanna es alegre, con un punto de danza. Muy francés, por cierto.
Benedictus
Más tranquilo, casi introspectivo. Aquí Dubois juega con melodías suaves, como un susurro entre voces. Es de esos momentos que te hacen cerrar los ojos mientras cantas.
Agnus Dei
Y para terminar, un canto a la paz. El dona nobis pacem se repite como un mantra suave, que envuelve todo con calma. Es una despedida serena, muy lograda.
¿Y por qué tuvo tanto éxito? Bueno, por varias razones. Para empezar, es asequible: no necesitas un coro enorme ni una orquesta. Se puede montar con un grupo reducido y un buen organista, o incluso a capela si hay nivel.
Además, está escrita de forma muy agradecida para las voces. Las líneas melódicas fluyen, no hay saltos imposibles ni notas fuera de tesitura. Y sobre todo, suena muy bien: tiene ese equilibrio entre sencillez y belleza que tanto cuesta encontrar.
Por cierto, hay muchas grabaciones disponibles, y algunas adaptaciones a diferentes combinaciones vocales. Incluso algunos coros la interpretan con pequeños arreglos instrumentales.
La de Dubois no es la única misa breve que merece la pena. Hay muchas otras en esta línea: las misas breves de Haydn, la Misa de San José de Gounod, o las de Rheinberger y Bruckner (aunque estas últimas ya suben el nivel técnico).
En general, las misas breves son perfectas para coros aficionados o semiprofesionales que buscan repertorio litúrgico sin morir en el intento. Son prácticas, musicales y permiten cantar música sacra sin necesitar una orquesta sinfónica detrás.
La misa cantada tiene siglos de historia, pero sigue viva. Desde los monjes medievales hasta los coros de nuestros días, cantar una misa es siempre una experiencia especial. Te conecta con algo profundo, tanto musical como espiritualmente.
Y dentro de ese repertorio, la Messe brève à trois voix de Dubois ocupa un lugar muy especial. Es una de esas obras que, sin hacer ruido, se queda contigo. La cantas una vez, y quieres repetir. Porque es bella, sincera y hecha con cariño. Como tantas buenas cosas en la música coral.